dimarts, 27 de setembre de 2016

Las ataduras fiscales que aguardan al próximo presidente de EE.UU.

Donald Trump y Hillary Clinton han prometido obras y reformas financiadas con gasto del gobierno. Pero no han notado algo clave: sin importar quien gane en noviembre, el próximo mandatario de Estados Unidos tendrá mucho menos margen para gastar dinero o recortar impuestos que cualquiera de sus antecesores desde la Segunda Guerra Mundial. El último líder que llegó a la Casa Blanca con una deuda más alta como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) fue Harry Truman. Y por primera vez en décadas, el nuevo presidente enfrentará la perspectiva de una ampliación del déficit, pese al crecimiento de la economía. “El próximo presidente, sin duda, va a estar muy limitado”, dijo el miembro de la Cámara de Representantes Charlie Dent, un republicano que integra el comité de apropiaciones y no ha apoyado formalmente a ningún candidato.

El nuevo mandatario podría tratar de imponer su programa, cueste lo que cueste. Pero Clinton, en especial, probablemente será contenida por el control de al menos una cámara del Congreso por parte de la oposición. Y eso no tiene en cuenta lo que sucedería si Estados Unidos entra en otra recesión, en la cual una caída en los ingresos elevaría el déficit. En ese escenario, la Reserva Federal y otros bancos centrales tendrían menos margen para responder si las tasas de interés se mantienen cerca de los niveles ultrabajos actuales. Debido a esta erosión del “arsenal de políticas” disponibles en materia monetaria, “el peso de cualquier respuesta Keynesiana clásica tendría que recaer en el lado fiscal, razón por la cual son más preocupantes los límites políticos al margen de maniobra”, dijo Timothy Geithner, ex Secretario del Tesoro.

Las ataduras fiscales son cada vez más palpables. El gasto en programas discrecionales, es decir aquellos que los legisladores financian directamente todos los años, está siendo abrumado por los gastos de los que se conoce como programas sociales, incluyendo Medicare y la Seguridad Social. Cerca de dos tercios de todos los gastos, incluyendo los pagos de intereses de la deuda nacional, está en la segunda categoría, en comparación con cerca de la mitad en la década de los 80. Sólo un tercio del gasto es fijado por el Congreso y la Casa Blanca a través de las leyes de gasto anuales.

Para 2022 casi cada dólar de ingresos que reciba EE.UU. ya habrá sido destinado a algo antes que el Congreso se pronuncie al respecto, según un análisis de Eugene Steuerle del centro de estudios Urban Institute. Puesto una porción cada vez mayor de los gastos federales está en piloto automático, no hay “casi discreción o flexibilidad para actuar y enfrentar nuevos retos sin tener que incumplir promesas del pasado al público”, dijo Steuerle, funcionario del Tesoro durante el gobierno de Ronald Reagan. Si no se abordan estos desafíos el próximo presidente será “impotente durante buena parte de su mandato debido a que no tendrá margen para hacer nada”, agregó.

Anteriores presidentes republicanos se han beneficiado de la tolerancia de los legisladores de su partido dispuestos a pasar por alto un déficit fiscal si se hacen recortes de impuestos. Trump ha abogado por un paquete de recortes impositivos que reduciría los ingresos del estado en 10% a lo largo de una década, pero promueve grandes aumentos del gasto en infraestructura, salud para los veteranos de guerra y defensa. También prometió no realizar cambios a los sistemas de seguridad social (pensiones) y Medicare (salud), los mayores motores del gasto en las próximas décadas.

Los asesores de Trump dicen que estimular el crecimiento está por encima de equilibrar el presupuesto. “Al igual que Ronald Reagan, el déficit quizás no es la prioridad de Trump”, dijo Lawrence Kudlow, un economista que trabajó como funcionario de presupuesto en el gobierno Reagan y que ha estado asesorando a Trump. Del lado de los demócratas, las propuestas de Clinton reconocen implícitamente los obstáculos presupuestarios al incluir incrementos de ingresos que compensan buena parte de los nuevos gastos. Estos ingresos evitan un aumento del déficit, pero enfrentan más obstáculos para ser políticamente viables. Clinton ha prometido un programa de infraestructura de US$275.000 millones en sus primeros 100 días en la Casa Blanca, un paquete casi igual a una reautorización de financiación de autopistas que el Congreso aprobó el año pasado. También propuso recortar marcadamente los costos de cuidado de niños y de la educación universitaria al incrementar el gasto y ofrecer exenciones tributarias.

El nuevo mandatario podría tener algo a su favor: los mercados sugieren que las tasas de interés seguirán siendo bajas durante mucho más tiempo de lo que la mayoría imaginaba hace unos años, una consecuencia de la desaceleración del crecimiento global. Como resultado, el costo de pagar la deuda nacional ha caído a su nivel más bajo en casi 50 años como porcentaje del PIB, pese a que el total de la deuda como porcentaje del PIB se ha doblado desde antes de la recesión de 2007-2009 y ronda 75%. Algunos dicen que el próximo presidente debería considerar esto como una oportunidad. “Tenemos una ventana, cortesía de los bancos centrales del mundo, para endeudarnos a tasas muy bajas”, dijo Jim Millstein, un ex funcionario del Tesoro del gobierno de Barack Obama quien trabaja en una propuesta de un banco de infraestructura. En momentos en que las tasas bajas disuaden a las firmas privadas de invertir, “tendremos que usar capital público”, observó.

Doug Elmendorf, quien dirigió la Oficina de Presupuesto del Congreso entre 2009 y 2015, advirtió en reiteradas ocasiones sobre los estragos que los déficits descontrolados podían causar en la economía. Ahora, no obstante, es partidario de que el próximo presidente tolere mayores déficits de corto plazo con el fin de estimular la inversión pública en infraestructura y educación. “Cambié de parecer porque las tasas de interés han caído tanto”, reconoció.

Los defensores de un estímulo fiscal aseguran que no todos los gastos deben ser tratados de la misma manera. No apoyan gastar más dinero en programas de prestaciones sociales, por ejemplo, que aumentan el gasto fiscal en forma permanente. Otros dicen que las razones para justificar un estímulo fiscal no son tan convincentes. “Si los programas de estímulo con gastos a corto plazo fueran la fórmula para el crecimiento económico, estaríamos estudiando el milagro económico japonés de los últimos 20 años, el cual nunca ocurrió”, dijo Andy Laperriere, estratega político de Cornerstone Macro, quien se desempeñó como asesor del ex presidente de la Cámara de Representantes Dick Armey, en la década de los 90, informa The Wall Street Journal.

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