diumenge, 14 de maig de 2017

La monja y los curas violadores confían en la Iglesia para salir impunes

El arresto de una monja católica en Argentina, acusada de ser partícipe necesaria de abuso sexual con acceso carnal y corrupción de menores, niños y niñas sordos, en el Instituto Próvolo de la provincia de Mendoza, se perfila como la punta de un iceberg que intenta ocultar un nuevo escándalo de pedofilia y complicidades dentro de la Iglesia católica. Custodiada por varios policías, esposada y ya sin sus hábitos, Kosaka Kumiko (foto) se presentó ayer a declarar por segunda vez tras ser detenida la semana pasada. La mujer, de 42 años, estuvo prófuga 33 días y en su primera declaración negó los cargos. «Está de moda acusar a curas y monjas», dijo ante los fiscales, y confió en que la Iglesia y su impunidad la ayudarán.

Kumiko nació en Japón pero su familia se trasladó a Argentina cuando ella tenía apenas tres años. Abrazó el noviciado y trabajó al menos entre 2007 y 2013 en el Próvolo de Mendoza. Era profesora de educación especial y debía velar por niños y adolescentes sordomudos que dormían en el instituto. Pero, según los testimonios, los maltrataba y los entregaba a sus abusadores. Desde que el caso salió a la luz a fines de 2016 hubo 26 testimonios que involucran a Kumiko y a otras seis personas, dos de ellos sacerdotes. Todos están detenidos. Se negaron a declarar e intentaron que la causa sea anulada. Pero la justicia tiene entre sus manos un caso gravísimo cuyos antecedentes fueron acallados por la Iglesia.

Uno de los detenidos es el cura Nicolás Corradi, de 82 años, ya acusado de abuso sexual en el Instituto Próvolo de Verona, Italia. Allí, entre 1955 y 1984, se produjeron abusos que involucraron a más de un centenar de sacerdotes. Pero Corradi -y según otros testigos no solo él- fue beneficiado con un traslado a Argentina. Primero fue al Próvolo de La Plata, provincia de Buenos Aires, y luego al de Mendoza. En los dos sitios hubo abusos sexuales. Daniel Sgardelis, de 42 años, hipoacúsico, recuerda que en 1980 fue abusado por el sacerdote y asegura que no fue el único. «Mi vida se arruinó por todo eso», lamenta.

La monja parecía haber tenido un rol secundario en el caso, hasta que una de las muchachas la señaló y la causa dio un vuelco. Otras jóvenes dieron testimonios coincidentes. Uno de los abogados querellantes reveló que se investigan tres embarazos entre las internas que podrían ser resultado de abusos. «Soy inocente. Soy una persona buena. No sabía de los abusos», declaró Kumiko ante los fiscales. Pero los testimonios son apabullantes. Los adolescentes, que declaran con intérpretes del lenguaje de señas, aluden una y otra vez a la mujer de ojos rasgados que era la representación misma del diablo. Los investigadores creen que elegía a los más débiles para entregarlos a sus abusadores.

Una de las muchachas la acusó de haberle colocado un pañal cuando tenía cinco años para disimular el sangrado que le había provocado la violación por uno de los curas. Otra asegura que Kumiko la enviaba a la habitación de otro de los acusados, el sacerdote Horacio Corbacho, de 56 años, donde era atada con cadenas y abusada.

Según otros testigos, la mujer participó en tocamientos de niñas y las habría filmado mientras se duchaban. Hay también denuncias de golpes a las menores. Una de ellas contó que cuando no quería comer, la religiosa la obligaba hasta hacerla vomitar en su propio plato. Otros revelaron que la monja les vigilaba cuando eran obligados a mirar pornografía junto a otro de los acusados, Jorge Bordón, celador y monaguillo. Bordón ya había sido denunciado en 2008 por el abuso sexual de un niño de 12 en el Próvolo. La dirección del instituto se limitó a relevarle de su cargo de celador para dedicarle a tareas administrativas.

Junto a la gran acumulación de testimonios, los investigadores hallaron también un vasto material que supuestamente incrimina a los acusados. En los registros se secuestraron ocho ordenadores y centenares de CDs y revistas pornográficas. Los fiscales y los abogados de la querella aseguran que la Iglesia no respaldó las investigaciones. Ni el Arzobispado de Mendoza ni el investigador canónico enviado por el Vaticano ayudaron a esclarecer el caso, aseguran.

Aunque se presentó sugestivamente vestida de pantalón y con el cabello suelto, sin el tocado, la propia Kumiko confía en que la Iglesia la protegerá. «Somos parte de un cuerpo, el cuerpo de la Iglesia», dijo en tono amenazante, «y cuando tocan a una parte de ese cuerpo nos tocan a todos. Por eso podríamos pedir ayuda a otra parte de la Iglesia», añadió ante la mirada atónita de sus acusadores, informa Las Provincias.

Una monja daba niños sordos a curas violadores
Esposada y con chaleco antibalas apareció la monja católica japonesa Kosaka Kumiko en su traslado a los tribunales argentinos. La religiosa está acusada de encubrir a los sacerdotes que, durante años, abusaron sexualmente de los niños sordos que tenían a su cuidado en el Instituto Provolo de Mendoza, en Argentina. “Soy inocente. No sabía de los abusos. Soy una persona buena que he entregado mi vida a Dios”, ha asegurado la monja en su declaración testimonial. Para la Justicia hay prueba suficiente que compromete a reliciosa y, por ello, fue rechazado el pedido de prisión domiciliaria. El juez la acusa de ser “el demonio en forma de mujer”.

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