dimarts, 27 de juny de 2017

La globalización: ¿qué esperanza para el desarrollo? (1)

En un momento en que el FMI reconoce lo contraproducente de sus métodos neoliberales y de las políticas de austeridad que impone a los países desde hace 35 años, una pequeña actualización sobre el estado de desarrollo del mundo no parece desprovista de interés. Por eso fuimos al encuentro de Arnaud Zacharie, secretario general del Centro Nacional de Cooperación para el Desarrollo (CNCD, Bruselas) desde 2008 y autor de los libros: “La globalización: ¿quién gana y quién pierde?” y “La nueva geografía del desarrollo”.

Usted escribió en 2010 una revisión crítica sobre los Objetivos de Desarrollo para el Milenio. ¿Cree que esta observación es aún hoy actual, y por qué?

El episodio de los Objetivos de Desarrollo para el Milenio (ODM) se ha terminado ya. El análisis crítico que hice en 2010 insistía en el hecho de que los ODM tenían por único objetivo luchar contra la pobreza extrema en base a algunos indicadores sociales. Este es también el paradigma de la lucha contra la pobreza en la década de 2000 que puso en marcha estos objetivos, pero no había ninguna reflexión sobre las causas estructurales de los problemas sociales y la pobreza extrema, ni sobre las cuestiones económicas y políticas internacionales.

Así que, finalmente, el balance de los objetivos del milenio está en línea con este análisis. La tasa de pobreza extrema se ha reducido al menos a la mitad, aún si esta lucha contra la pobreza extrema se ha aplicado en 2000 y si los objetivos se han calculado en referencia a 1990. Lo que debe ser subrayado también es que los principales países que han logrado algunos objetivos del milenio son los países que no han respondido a la lógica requerida por estos objetivos.

Los países que han conseguido resultados en el desarrollo serían aquellos que no han seguido los criterios recomendados por los ODM. ¿Cómo explicar esta paradoja?

De hecho, los que han obtenido los mejores resultados son los países que han desarrollado políticas económicas e industriales que han tenido un impacto en los ingresos de la población. Esto es obviamente el caso de China, lo que explica por qué el 98% de la reducción global de la pobreza extrema entre 1980 y 2005 se llevó a cabo en este país. Este avance provocó un efecto de adiestramiento progresivo en los países en vías de desarrollo de América Latina y del resto de Asia oriental y en menor medida en otros países de Asia y África. La paradoja es que los que han tenido más éxito son los que han cogido el destino en sus manos y no han contado con ayuda exterior para financiar los servicios sociales básicos.

Desde el momento en que un país pobre depende de la ayuda extranjera para financiar su educación, salud, etc…, la ayuda al desarrollo disminuye o aún desaparece, y todos los efectos de esta ayuda exterior desaparecen. Nos quedamos con los ODM en esta lógica de la lucha contra la pobreza induciendo un sistema de relación entre un Norte que habría llegado a la cima y el Sur que debe hacer esfuerzos para ponerse a su nivel. Siempre nos encontramos con un enfoque derivado de la teoría de la modernización promovida por Occidente desde los años 50.

¿Qué piensa de los 17 nuevos objetivos para el desarrollo sostenible?

Los objetivos del desarrollo sostenible son una respuesta a varios problemas. En primer lugar, son objetivos universales que comprometen tanto a los países del norte como los del sur, aunque el enfoque diferenciado está incluido en estos objetivos, pues los problemas se exacerban en los países pobres. Pero por lo menos se sale de esta lógica binaria que considera que sólo el Sur debe hacer esfuerzos. Un segundo avance importante es que se superan claramente los únicos objetivos sociales. Se habla de cuestiones sobre las desigualdades sociales, las condiciones de trabajo y de industrialización, cuestiones que estaban completamente ausentes de los objetivos del milenio. También se habla de una transición hacia modelos sostenibles y equitativos de producción y consumo. Sobre el papel, estos objetivos son mucho más ambiciosos que los ODM y su enfoque es mucho más completo.

En teoría, estos objetivos parecen tan prometedores como ambiciosos, ¿cómo saber si serán eficaces en la práctica?

Podemos calcular los resultados por las estadísticas, pero el problema es que cuanto más pobre es un país, los datos estadísticos son menos fiables, si los hubiere. Son un poco los límites de los OMD. En el marco de la cumbre de septiembre de 2015, se definieron 230 indicadores mientras que sólo una docena de ellos se pueden comprobar actualmente. Esto sigue siendo un ejercicio muy teocrático que enmascara las dificultades para la producción de datos en los países muy pobres.

Por otra parte, en los países en vías de desarrollo, uno de cada tres niños no está inscrito en los registros públicos por los padres y se encuentra pues fuera de las estadísticas. En algunas zonas rurales de países pobres del África subsahariana, por ejemplo, no necesariamente encontramos un pueblo cercano donde registrar los nacimientos y eso es a menudo demasiado caro para las familias pobres. Hay que tomar pues estas estadísticas con pinzas porque hay decenas de millones de niños menores de 5 años que se ven afectados por la mortalidad infantil, pero de los que no se hace referencia y por lo tanto están fuera de las estadísticas.

Hoy en día se habla mucho de “desarrollo”, ¿puede explicarnos cómo se ha construido este concepto?

El concepto de desarrollo nació después de la segunda guerra mundial, al principio de la Guerra Fría, en el momento de las independencias. La primera fase que surgió en los años 50 desarrolló la teoría de la modernización según la cual algunos países industrializados, y los Estados Unidos en primer lugar, habían alcanzado el estado supremo y representaban el modelo a seguir. Estos últimos tenían que ayudar a los países subdesarrollados a ponerse al día y tomar las medidas necesarias para lograr la sociedad capitalista de consumo de masas. Hay en este momento exactamente la misma lógica evolucionista y paternalista en el bloque soviético. La única diferencia es el objetivo, que no era ya la sociedad capitalista, sino la sociedad sin clases comunista.

Ambos enfoques fueron desafiados por los países del Tercer Mundo, tal como se llaman a sí mismos, es decir, los países del tercer mundo, que se negaban a alinearse con uno de los dos campos durante la Guerra Fría. Frente a esta lógica evolucionista, el Tercer Mundo ha puesto de manifiesto la teoría de la dependencia, denunciando el carácter desigual del intercambio derivado de la explotación colonial. Esta teoría explica que los países colonizados en el pasado se han visto obligados a especializarse en productos de bajo valor añadido, como las materias primas, mientras que los países “desarrollados” se han especializado en productos industriales de alto valor añadido. Y este intercambio desigual ha creado una brecha económica y social que sólo ha hecho que crecer en los siglos XIX y XX entre el Norte y el Sur.

El Tercer Mundo abogó por la industrialización para sustituir las importaciones, para crear sus propias industrias y abandonar la única dependencia sobre las materias primas. Eso funcionó en unos pocos países: Taiwán y Corea del Sur son los mayores éxitos. Pero la mayoría de los países del Tercer Mundo se han visto seriamente afectados por la crisis de la deuda de los años 80, lo que puso fin a las políticas de sustitución.

¿Ha evolucionado ese concepto al hilo de las crisis financieras?

Se ha, de hecho, pasado a los Programas de Ajuste Estructural (PAE) y la consagración del “Consenso de Washington” al final de la Guerra Fría. El problema era ahora la refinanciación de la deuda. Por lo tanto, la mayoría de los países en desarrollo han sufrido políticas de austeridad importantes cuyos efectos han sido contraproducentes. Por el contrario, en el Este de Asia, donde no se aplicaba el consenso de Washington, se han registrado impresionantes resultados económicos y sociales. Esto es lo que hace que hoy en día Asia Oriental es la región económica más dinámica del mundo. Por último, la crisis de legitimidad de este consenso se produjo después de las violentas crisis financieras que han afectado a los países emergentes de América Latina y Asia, pero también a Rusia, algunos de los cuales eran considerados modelos exitosos de este consenso.

Estas crisis financieras repetidas han desembocado en un nuevo paradigma del desarrollo, el de la lucha contra la pobreza extrema. Entonces aparecieron los ODM, así como los Documentos Estratégicos de Reducción de la Pobreza que han reemplazado a los programas de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial. Pero como ya le decía, los países de Asia oriental, que ya habían comenzado vías de desarrollo singulares, han continuado haciéndolo. En cuanto a América Latina, ha conocido virajes a la izquierda con líderes y poblaciones que quieren romper con el consenso de Washington. Esto ha provocado un aumento potente del comercio Sur-Sur que hoy en día está creciendo dos veces más rápido que el comercio Norte-Sur.

Estamos sin duda en el alba de una cuarta fase, la reconfiguración de las relaciones Norte-Sur y, más ampliamente, de las relaciones internacionales, en el marco basculante hacia un mundo más multipolar. En cualquier caso, la clave de lectura de un mundo en el que domina el norte y el sur es la víctima pasiva está completamente obsoleta. Estamos en el comienzo de un reequilibrio Norte-Sur, aún si obviamente hay un creciente proceso de diversificación de los países del Sur y de los efectos de la dominación en el contexto de la cooperación Sur-Sur.

China exporta productos industriales e intercambia por materias primas con los otros países del Sur y, aunque eso permite a los países en desarrollo diversificar sus socios de inversiones, esto ayuda a reproducir el mismo esquema de dominación y de intercambio desigual. El hecho de que vayamos a un mundo más multipolar no significa necesariamente que nos dirijamos hacia un mundo más equitativo y justo. El escenario más probable es que esta reproducción de los efectos de la dominación a la que asistimos hoy dará lugar a un orden mundial en que algunas potencias emergentes del Sur podrán alcanzar al Norte y compartir los asientos de decisiones. Mientras que la mayoría de los países del Sur permanecerán en la periferia del sistema internacional.

¿Existe una correlación entre este fenómeno y el de la “ayuda al desarrollo”? Y finalmente, ¿cuáles serían las consecuencias de una hipotética cancelación de la deuda?

El tema de la deuda debe, también, aprehenderse por fases. En la primera fase del endeudamiento público, a principios de los años 80, fueron los Estados y algunos bancos quienes prestaron dinero a los países del Tercer Mundo. A finales de los 80 y principios de los años 90, en un momento en que se pensaba que la globalización podría resolver todos los problemas, eso desembocó en la refinanciación de la deuda en los mercados financieros internacionales. No se trataba solo de unos pocos acreedores claramente identificables, algunos Estados o algunos bancos, sino de una multitud de acreedores privados.

Luego hubo una ola de crisis financieras a finales de los 90. Los países en desarrollo que habían aprendido la lección de los años anteriores han tratado de acumular, en la década del 2000, reservas para crear un tipo de seguro frente a los choques externos. Varios países comenzaron a acumular más y más reservas de divisas exportando más de lo que importaban, mientras que reembolsaban sus deudas antes de tiempo al FMI y el Banco Mundial. El interés era liberarse de las condiciones contraproducentes que han acompañado a los planes de rescate tras las crisis financieras.

Durante la primera década de los años 2000, el contexto y la coyuntura son más favorables. Los países emergentes se han convertido en los banqueros del mundo de alguna manera, a imagen de China, que ha acumulado más de 3.000 millardos de dólares (unos 3 billones de euros NdelT.) en reservas de divisas y se ha convertido en el acreedor de Estados Unidos en términos de compra de títulos de deuda.

Y sobre esta década, ¿cuál es su análisis?

Hoy en día, la coyuntura está en trance de revertirse. Durante el período de vacas gordas, los países en desarrollo y las empresas de los países emergentes del mercado se han endeudado cada vez más con los mercados financieros. Así, se asiste, desde 2012 a 2013, al hundimiento de los precios de las materias primas y los EEUU planifican un aumento de sus tasas de interés, a partir de las cuales se determinan las tasas internacionales. En consecuencia, los países en desarrollo se hallan amenazados por una nueva crisis de la deuda. Desde el momento en que la capacidad de pago de un país disminuye, las agencias de calificación bajan su evaluación de la solidez financiera, lo que aumenta la prima de riesgo y por lo tanto las tasas de interés. Esto provoca un círculo vicioso, que no sólo afecta a los países del Sur de otros lugares, sino también a Europa, empezando por Grecia.

Paradójicamente, este problema de la deuda ha sido olvidado durante toda una década en los países en desarrollo, mientras que se ha hablado mucho en Europa. Sería útil tener un mecanismo multilateral de reestructuración de la deuda que permita negociar las anulaciones o reestructuraciones de deuda imponiéndose al conjunto de los acreedores, y así contrarrestar los fondos buitres. Los fondos buitres están motivados por la codicia del beneficio, consisten en recomprar partes de la deuda a un país que está en crisis. Son deudas que saben pertinentemente que el Estado no podrá resolver, pero se espera a que el estado esté en falta de pago para poder atacarlo ante la justicia y pedirle que pague el precio completo con tasas de beneficios de varios cientos por ciento. La dificultad hoy día está relacionada con la multiplicidad de acreedores, algunos de los cuales se niegan a participar en las operaciones de cancelación de deuda.

¿Cómo hacer frente a este problema?

Lo que falta y lo que se necesita es establecer este mecanismo independiente para la reestructuración de la deuda soberana que permita a un Estado en quiebra negociar un acuerdo de alivio de la deuda vinculante para todos los acreedores. Esta solución ya se propuso hace una quincena de años por el FMI después de la crisis de la deuda en Argentina. En ese momento, la UE estaba a favor, pero la administración Bush la vetó. Hoy en día, se hace marcha atrás en los países europeos, lo que es paradójico ya que la propia UE necesitaría esta herramienta.

¿Puede dar un ejemplo concreto?

El caso de Grecia es una caricatura de este círculo vicioso de la deuda. Pues se sabe que el 95% de los préstamos a Grecia fueron utilizados para pagar a sus acreedores. La población griega ha visto sólo el 5% de estas “ayudas” y, a cambio, ha sido objeto de un plan de austeridad violento y contraproducente. No hay casi ningún segmento de la población que esté a salvo. Las poblaciones están agotadas, el fenómeno del aumento de los extremismos en Europa está directamente relacionado.

La cuestión de la deuda y la austeridad replantea la cuestión del interés de los acreedores privados en relación con el interés general. Y como por el momento está totalmente desequilibrada, esto se va a sentir en las urnas. El descrédito de las clases políticas tradicionales de todo tipo continuará, con el riesgo de desintegración de la construcción europea, ya que se está a punto de hacer la cama a las fuerzas nacional-populistas que son euroescépticas. En otras palabras, llevando esta política del avestruz, la Unión Europea cava su propia tumba.

Fin de la primera parte de la entrevista (seguirá).
Elodie Descamps y Alex Anfruns
Traducido por Carles Acózar para Investig’Action.

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