diumenge, 12 de novembre de 2017

Vicio, fascismo e hipocresía en Westminster

Acosos sexuales, affaires extramatrimoniales, drogas, alcohol, peleas, insultos, machismo descarado… Casi todos los vicios concebibles se dan cita en el palacio de Westminster, una especie de Sodoma y Gomorra a orillas del río Támesis con una cultura de club exclusivo para hombres y sus propias reglas. “Lo que pasa en el Parlamento no sale del Parlamento”, solía decirse, igual que en los equipos de fútbol “lo que pasa en el vestuario no sale del vestuario”, o en el ejército, o en la policía. Pero eso era antes de Twitter, Facebook, la CNN y las noticias durante veinticuatro horas.

Hoy en día, para desesperación de aquellos diputados y lores aficionados a los excesos, lo que pasa en el Parlamento se convierte en dominio público en un abrir y cerrar de ojos, ya sea un beso a escondidas o una bronca a puñetazo limpio en cualquiera de la treintena de establecimientos donde se sirve alcohol, por cierto subvencionado por los contribuyentes del Reino Unido a razón de siete millones de euros anuales. Por eso la pinta de cerveza cuesta un euro menos que en los pubs de la calle y se puede conseguir una botella de vino decente por un precio de poco más de diez euros.

Pero por si semejante chollo (además de un salario de 85.000 euros anuales, personal a su servicio y el alquiler de un piso en Londres) no fuera suficiente, una investigación realizada en el 2009 reveló que prácticamente la totalidad de los diputados, con honrosas excepciones, cobraban indebidamente del Parlamento como gastos cosas tan variopintas como la hipoteca de su vivienda familiar, una piscina climatizada o la caseta del perro.

El alcohol, en Westminster, es la madre de todos los vicios, y siempre ha sido así. Ya en 1783 William Pitt el Joven, toda una leyenda de la política británica y entonces ministro de Economía, se puso a vomitar borracho detrás de la silla del speaker antes de presentar los presupuestos generales del Estado; Thomas Gisborne, en 1840, se desmayó tres veces durante su discurso rebatiendo nada menos que una moción de censura contra su Gobierno; el primer ministro Herbert Asquith se quedó dormido durante un importante debate sobre el papel de la Iglesia de Inglaterra, y al despertarse se pasó media hora diciendo cosas incoherentes. Pero no había redes sociales, y la anécdota tan sólo circuló porque Winston Churchill y Lloyd George se lo contaron a sus respectivas mujeres, y estas, al mundo entero.

En el 2017, los 650 diputados y 790 lores ya no beben por lo general como descosidos, y el consumo de alcohol en el palacio de Westminster ha decaído alrededor de un treinta por ciento desde que se cambiaron hace unos años los horarios de oficina, ya no hay sesiones que duren toda la noche y salvo en muy excepcionales circunstancias se cierra el chiringuito a eso de las nueve o diez de la noche, para que los legisladores se vayan a casa. El problema es que para la mayoría su casa está a decenas o cientos de kilómetros de distancia, lo cual les lleva a cenar en alguno de los restaurantes subvencionados del Parlamento, y después, a tomarse una copa, o dos, o tres, en el bar o pub de su preferencia, en busca de conversación, de un hombro amigo sobre el que llorar las penas del día, de una rodilla en la que poner la mano, de un escote opulento con el que celebrar los éxitos, suma y sigue…

Aunque un total de 208 mujeres salieron elegidas en las elecciones de antes del verano, y el número es cada vez mayor, Westminster funciona como un club de hombres solitarios. “Muchos de ellos tienen lejos a sus esposas e hijos, sus relaciones familiares son complejas o disfuncionales, y buscan compañía. Los affaires entre diputados y diputadas, entre ministros y sus asesores, entre parlamentarios y miembros de su staff, están a la orden del día. Es un mundo endogámico”, explica Edwina Currie, que no sólo formó parte del gabinete de John Major, sino que se convirtió en su amante. El sofá en el que se cogían de la mano (por decirlo de alguna manera) forma parte del tour extraoficial del palacio.

El escándalo político que vive el Reino Unido, con decenas de denuncias de violaciones y acosos sexuales que se remontan a años e incluso décadas y han puesto contra las cuerdas al Gobierno de Theresa May, es una revolución contra esa cultura machista. “Las mujeres hemos aguantado demasiado tiempo que viejos verdes (algunos no tan viejos) te desnuden con la mirada, te toqueteen como si tal cosa, te hablen de manera soez o te propongan con toda normalidad que te acuestes con ellos, haciendo ver quién tiene el poder –dice Peggy, una chica de 28 años que forma parte del equipo de un diputado conservador–. El mensaje implícito está claro, si entras en el juego, tu carrera política recibirá un empujón. Y desde luego, nada de acusar con el dedo. Quien lo hace está acabado”.

Hasta 1770 había que comer y beber fuera del edificio, lo cual hacía perder mucho tiempo. Los tres tugurios originales del palacio de Westminster fueron apropiadamente bautizados como Cielo, Purgatorio e Infierno, y con el tiempo se han multiplicado, hasta los actuales 19 restaurantes y cafeterías, y diez bares o pubs, algunos exclusivamente para diputados y lores, como el legendario Smoking Room, y otros abiertos a visitantes, como el Strangers, Annie’s Bar o el Sports and Social. A la mayoría pueden acceder no sólo los legisladores sino también sus investigadores y ayudantes, y un par de invitados o tres con el correspondiente pase. Los periodistas tienen el suyo propio, llamado Moncrieff’s, en honor de un veterano plumilla de la Associated Press. Y especialmente cotizadas son las terrazas con vistas al Támesis, la noria y el hospital de Saint Thomas, sobre todo en los largos días de verano.

Aunque haya disminuido el consumo, el año pasado se compró alcohol en el Parlamento por valor de 700 millones de euros, que se dice pronto. Más de cien mil botellas de vino, 150.000 pintas de lager y otras tantas depilsen yale, diez litros de Baileys, 14 de Jack Daniel’s, 200 de whisky escocés, 300 de champán francés… La bebida es mucho más barata que en la calle porque los establecimientos no pagan alquiler ni los sueldos de los trabajadores, que corren a cargo de la institución. “Conozco colegas que se fulminan entre doce y quince cervezas por jornada laboral, además de tres o cuatro gin-tonics, y al final del día apenas pueden tenerse en pie”, explica un representante del SNP (Partido Nacional Escocés). En los cuartos de baño, si alguien encuentra rastros de un polvo blanco, se puede imaginar de qué se trata...

El palacio de Westminster es como una ciudad propia, con 13.000 habitantes, un gimnasio, una guardería para dejar a los niños pequeños y sus propios mandamientos. Todas las sesiones legislativas comienzan con una oración. En los Comunes, las alfombras son verdes; en los Lores, rojas. Los hombres han de llevar chaqueta y corbata, aunque últimamente las reglas se han relajado un poco. Las camisetas están prohibidas. Un miembro no se puede dirigir a otro por su nombre, sino como “mi honorable amigo”, “mi honorable colega” o la referencia a la circunscripción que ­representa. Calificativos como “mentiroso” o “hipócrita” son inaceptables, pero no así “cerdo” o “rata”. Fumar está prohibido, lo mismo que llevar una armadura, sacar vídeos, hacer fotos o hablar en irlandés, escocés o galés (no así en francés, segundo idioma oficial) y la presencia de animales domésticos. En los ascensores hay unos ganchos para colgar las espadas.

El estado de mantenimiento del palacio es deplorable, con goteras por todas partes, paredes descascarilladas y un ejército de ratas que convive con los diputados. Ya están aprobados los planes para una reforma que comenzará en el 2020 y durará seis años, durante los cuales todo el mundo tendrá que trasladarse a otros edificios. Los lores, al vecino Queen Elizabeth Hall, y los comunes, a la Richmond House.

Houston, tenemos un problema… Y es que la Richmond House es uno de tres edificios que David Cameron vendió a inversores del Oriente Medio que utilizaron para su compra un sukuk o bono islámico, regido por la charia y que no permite el cobro de intereses… ¡ni el consumo de alcohol! Lo primero se ha solucionado mediante el pago de un alquiler por parte del Gobierno, pero lo segundo tiene aterrorizados a los parlamentarios, hasta el punto de que han considerado muy seriamente instalarse en un aparcamiento subterráneo donde el IRA puso una bomba, o permanecer in situ durante las obras, que costarán cuatro mil millones de euros.

El alcohol es sin duda un factor en las esporádicas peleas que tienen lugar. No en la Cámara (al menos en el último siglo), pero sí en los bares. En el 2013, el diputado laborista Eric Joyce, un exsoldado representante por Falkirk que tenía problemas matrimoniales, fue detenido y llevado a la comisaría de Belgravia por liarse a cabezazos y puñetazos con un par de colegas conservadores y en general con todo aquel que se intentó meter por medio. Las copas volaron por los aires como en una buena bronca de saloon del salvaje Oeste, una puerta de cristal saltó hecha añicos, e hicieron falta cinco policías para poner orden.

Westminster tiene su propia ley y a veces incluso es una ciudad sin ley. Pero las leyes (y constituciones) se quedan viejas y están hechas para cambiarse. Y cuando el establishment se resiste a hacerlo, tiemblan los pilares de la monarquía y acecha la revolución, informa La Vanguardia.

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